En las comunidades dedicadas a la pesca artesanal, el día empieza mucho antes de que las embarcaciones salgan al mar. Empieza en tierra, en los hogares y en los espacios comunitarios, donde se organiza la vida cotidiana que hace posible la faena pesquera. Allí, de manera constante y poco visible, las mujeres sostienen una red de cuidados que hace posible la vida cotidiana de las comunidades costeras y el propio funcionamiento de la pesca artesanal como actividad económica.
En estos territorios, el cuidado no es una tarea aislada ni exclusivamente doméstica. Se expresa en la crianza, en la alimentación, en el acompañamiento a personas mayores, en la organización del hogar y también en el trabajo en las actividades productivas vinculadas a la pesca. Es un trabajo que se entrelaza con la economía local, pero que rara vez es reconocido como parte de ella.
Esta realidad se inserta en un contexto más amplio de desigualdad en la distribución del trabajo de cuidados, que atraviesa tanto a Perú como a Chile. En el Perú, las mujeres dedican en promedio cerca de 39 horas semanales al trabajo de cuidados no remunerado, mientras que los hombres destinan alrededor de 16 horas, según datos del Instituto Nacional de Estadística e Informática. En Chile, las mujeres dedican casi dos horas más al día que los hombres al trabajo no remunerado, de acuerdo con la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo del Instituto Nacional de Estadísticas. En ambos casos, el uso desigual del tiempo condiciona las oportunidades de las mujeres para participar plenamente en el ámbito económico, social y comunitario.
En las comunidades pesqueras artesanales, donde la pesca suele organizarse a partir de dinámicas familiares y redes de proximidad, esta sobrecarga se vuelve aún más evidente. Cuando las embarcaciones salen al mar, son muchas veces las mujeres quienes sostienen el funcionamiento del hogar, administran los recursos disponibles y coordinan la recepción y venta de la pesca.
La combinación de trabajo productivo y trabajo de cuidados configura una doble —y en algunos casos triple— jornada que no siempre es visible en las estadísticas oficiales ni en las políticas públicas del sector. Esta realidad ha sido documentada recientemente en el estudio Mujeres en la pesca artesanal de Perú y Chile: desafíos, contribuciones y propuestas hacia la igualdad, elaborado en el marco del Proyecto Humboldt II. El informe evidencia que, aunque las mujeres participan activamente en distintos eslabones de la cadena de valor de la pesca, su trabajo continúa siendo escasamente reconocido y poco visible en los registros oficiales del sector. Asimismo, identifica que la sobrecarga de las tareas de cuidado constituye una de las principales barreras para su participación plena en procesos de capacitación, liderazgo y toma de decisiones dentro del ámbito pesquero.
Esa sobrecarga se expresa con claridad en las rutinas cotidianas de muchas mujeres vinculadas a la pesca artesanal. Como relata una lideresa de la caleta La Reina, en Chile:
«Nosotras prácticamente siempre nos levantamos como a las 6:30 a.m. y trabajamos hasta las 12:00. Luego almorzamos y volvemos al trabajo, dependiendo del mar. Si el mar entrega más productos, trabajamos hasta 15 horas en el mar. Y luego a seguir con las labores de la casa hasta la noche (…) Era la primera en levantarme y la última en acostarme.»
Esta experiencia refleja una realidad compartida en distintos territorios costeros. No es casual que la participación de las mujeres en el mercado laboral formal sea menor que la de los hombres, una brecha que se explica en buena medida por la asignación casi exclusiva de las responsabilidades de cuidado. En contextos costeros, esto se traduce en condiciones laborales más precarias, menor acceso a derechos y una participación limitada en los espacios donde se toman decisiones sobre la pesca y el territorio.
Sin embargo, reducir el cuidado a una carga sería incompleto. En las comunidades de pesca artesanal, el cuidado también es una forma de sostener la vida colectiva. Las mujeres cuidan a las personas, pero también cuidan los saberes, las redes de apoyo, la alimentación local y la continuidad de prácticas que permiten la reproducción social de la comunidad. Ese cuidado cotidiano contribuye a la resiliencia de los territorios frente a crisis económicas, ambientales o sanitarias, aunque rara vez sea reconocido como tal.
Desde esta mirada, avanzar hacia una pesca artesanal más equitativa también implica trabajar en transformar las normas sociales que han definido históricamente los roles de hombres y mujeres en las comunidades costeras. En ese sentido, bajo el liderazgo del Ministerio de la Producción del Perú y la Subsecretaría de Pesca y Acuicultura de Chile, el Proyecto Humboldt II, iniciativa implementada por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y cofinanciada por el GEF, viene impulsando acciones orientadas a fortalecer la autonomía económica y el liderazgo de las mujeres en comunidades pesqueras de Pisco, Marcona y Atico en Perú, y de Caldera, Torres del Inca y Puerto Aldea en Chile.
A través de programas de capacitación en emprendimiento y gestión empresarial, el proyecto fortaleció el liderazgo femenino y la toma de decisiones de las mujeres, desarrolló sus competencias para la gestión y planificación estratégica, y apoyó el fortalecimiento de sus emprendimientos productivos vinculados a los recursos marinos, incluyendo el acceso a equipamiento e infraestructura a través de capitales semilla.
Esta apuesta por la equidad también supuso reconocer que la desigualdad de género no se transforma trabajando únicamente con mujeres. Por eso, el proyecto impulsa procesos formativos dirigidos a hombres pescadores de las comunidades de intervención para reflexionar sobre los roles y responsabilidades que asumen en sus familias, en la comunidad y en la actividad productiva, y cuestionar los mandatos de masculinidad que sostienen la desigualdad.
Mirar la pesca artesanal desde el enfoque de los cuidados permite ampliar la comprensión del desarrollo costero y de la sostenibilidad. Implica reconocer que la actividad pesquera no se sostiene solo por la extracción de recursos, sino por una economía de la vida que articula trabajo, afectos, organización comunitaria y relaciones de interdependencia. Incorporar esta mirada es clave para avanzar hacia modelos de gestión pesquera que pongan la vida — y no solo la extracción — en el centro de las decisiones sobre los territorios costeros.